[ Historias y leyendas ]

Leyenda del Cabeço d'Or

por Bernardo Garrigós Sirvent

Pocos son los datos que se conocen de este escritor y editor de mediados del siglo XIX. Destacó especialmente en esta segunda faceta, pues hacia 1850 Francisco de Paula Mellado se había convertido en el más importante impresor, editor y librero de Madrid. Publicó una gran cantidad de títulos, desde obras de Francisco Quevedo a Modesto Lafuente, revistas ilustradas, obras por entregas y diccionarios. Especialmente sobresale la obra Enciclopedia moderna. Diccionario universal de literatura, ciencias, artes, agricultura, industria y comercio, por ser la primera gran enciclopedia en castellano que se terminó en el siglo XIX. Consta de 34 volúmenes publicados entre 1851 y 1855 y que suponen una adaptación de la Enciclopedia publicada en francés por Diderot. Entre sus escritores se encuentran las plumas más selectas de la época como: Manuel Bretón de los Herreros, Eugenio Hartzenbusch, Ramón Mesonero Romanos, Pedro de Madrazo, Modesto Lafuente, etc.

Fue muy aficionado a narrar por escrito sus viajes por España y fruto de ello son los libros: Guía del viajero en España, 1842; España geográfica, histórica, estadística y pintoresca, descripción, 1845 y Recuerdos de un viaje por España de 1849.

En esta última publicación en las partes tercera y cuarta se describe su viaje por Galicia, Navarra, La Rioja, Aragón, Cataluña y Valencia, de las que hemos entresacado unos textos muy interesantes sobre les Coves de Canelobre.

La motivación para emprender este viaje se debe a prescripción facultativa. Finalmente, Francisco de Paula, decidió hacer caso a sus doctores y se preparó para recorrer España. En la puerta del Sol de Madrid se encontró con su buen amigo, Mauricio, que se dirigía a París. Tras versar sobre las ventajas de visitar nuestro solar patrio lo convenció para que le acompañara. Así los dos amigos emprendieron periplo por España un día de mayo de 1846.

Después de una estancia de ocho días en Valencia, los dos viajeros encaminaron sus pasos hacia Alicante siguiendo el camino real de Xátiva. Tras dejar atrás Cocentaina y Alcoy llegaron a Xixona y desde allí partieron hacia las cuevas de Canelobre.

Sus impresiones sobre esta magnífica gruta son las siguientes: Recuerdo de un viaje por España, 1849 “Aquel día pasábamos de largo por Busot, lugar de mil doscientas cincuenta almas y distante una legua de Jijona, cuando detuvimos nuestros caballos al saber teníamos cerca una de las más raras curiosidades de España, y de la que hasta entonces nunca habíamos oído hablar, y es la Caverna de Canelones. Hicimos un gran rodeo y retrasamos mucho por aquel día el término de nuestra jornada, pero todo lo dimos por bien empleado.

Háyase la caverna situada en el elevado monte denominado Cabesó del Oro ó Cerro del Hombre, y debajo de una enorme peña. Entrase por una rampa descubierta de cerca de cuarenta y cinco pies de largo que conduce a la boca de la gruta. La longitud de ésta es de mil pies, su latitud de seiscientos, y la altura después de la entrada, de ciento veinte próximamente. Su forma es parecida a un óvalo o elipse.

Ya en el interior se experimenta la mayor admiración y sorpresa, pues cree uno encontrarse dentro de una suntuosa catedral gótica por la multitud de preciosas estalactitas o filtraciones que forman como columnas, estatuas, y mil rarísimos caprichos que contemplan la más viva ilusión. A la derecha de la entrada se halla el Retablo, que es una inmensa filtración de bellísimo aspecto, y que se asemeja á un gran altar, y al fin de la caverna, adonde llegamos con muchísimo trabajo, se ven algunas balsas de poco fondo llamadas cogollas, y una gran losa donde escribieron sus nombres algunos curiosos viajeros, y donde también nosotros trazamos los nuestros.

Según algunos eruditos geólogos, esta cueva no es otra cosa que la hornaza de un volcán apagado ya antes de los tiempos donde alcanza la historia, pero que tiene muy cerca materias que aun están en combustión, de lo que son una prueba la temperatura de veinte grados que allí se experimenta, una especie de cráter que se ve a la parte sur, y los muchos manantiales de aguas termales, que se desprenden de este monte, de treinta y dos a treinta y tres grados de calor, y que forman los famosos baños de Busot.

Mucho nos agradó la Caverna de los Canelones y el buen Mauricio, entusiasta como siempre, aseguró era lo más bello que había visto en todo el viaje.

Sentámonos a descansar sobre uno de los muchos peñascos que interceptan el paso y que hace fatigosa y arriesgada la inspección de esta gruta, y preguntamos a nuestros guías, dos esbeltos y ligeros jóvenes de Busot, si no sabían algo de su historia, que no podía menos de ser interesante. Desde luego nos respondieron afirmativamente, pero rehusaron referírnosla allí. Manifestando cierto sentimiento de terror que hubimos de respetar. Una vez fuera de aquel admirable recinto, habló uno de ellos poco más o menos en estos términos.

Había un rico y grande señor árabe en Denia, llamado Cabeza de Oro, que tenia muchos barcos, siempre navegando en busca de niñas bonitas para su harem; pero inconstante hasta dejárselo de sobra, se cansaba de ellas al instante y las vendía de nuevo o regalaba a sus amigos.

Cierto día uno de sus bajeles, apresó otro donde iba una hermosísima dama cristiana que viajaba para reunirse con su esposo, que era un noble aragonés que se hallaba en Italia, y se enamoró perdidamente de ella.

Aunque agotó cuantos medios le sugirió su mal deseo, nada pudo conseguir de la honesta matrona, y ardiendo en ira, y con ayuda del diablo, que era su grande amigo, cavó esta gruta donde la encerró y dejó encantada, colocando un gran peñasco a su entrada que solo él podía mover por no sé qué talismán.

Todos los días venia Cabeza de Oro a visitar a su victima, pero siempre encontraba en ella la misma resistencia, y lloraba tanto a su perdido consorte, que de sus lágrimas se formaron al cabo de diez años los estanques o balsas de que hemos hablado antes.

En tanto su esposo, que la amaba en extremo, había recorrido buscándola la mayor parte de la tierra, y guiado por la Virgen Nuestra Señora, de quien era muy devoto, llegó a esta gruta a tiempo que Cabeza de Oro se hallaba en ella. Sin considerar lo que hacia dio con su espada en la gran roca que cerraba la entrada, y como aquella tenía la figura de la cruz, deshizo el encanto rompiendo la peña en dos pedazos, uno de los que cogió debajo al maldecido moro, cuyo nombre se dio al monte.

Los dos fieles esposos ya reunidos se dirigieron a su país, hicieron vida santa y fueron al cielo.

Azuzando mucho á nuestras cabalgaduras, pasamos de prisa por Muchamiel, villa distante una legua de Alicante, a cuya ciudad legamos ya cerrada la noche”.

Resulta curiosa la leyenda expuesta anteriormente en la que encontramos a un sultán maléfico que captura a una dama cristiana, siendo su amado, un valeroso paladín, quien con el apoyo y la guía de la Virgen María consigue romper el hechizo que mantenía a su amada presa en el interior de la montaña.

Esta leyenda sobre el Cabeçó d’Or y su tesoro difiere bastante de la versión que nos ofrece Joaquín González Caturla. En ella se cuenta la historia de un rico musulmán que tras la conquista cristiana vivía en Busot. Gran trabajador, había acaudalado una pequeña fortuna, de la que la única heredera era su hermosa hija. Tras sublevarse los moros de los alrededores, el recelo y el odio de los cristianos de esta población fronteriza aumentó. Nuestro protagonista planeó esconder su tesoro en el interior del Cabeçó para que estuviera a salvo y su hija tuviera asegurado el porvenir. Sin embargo, después de enterrarlo, fue sorprendido por un grupo de envidiosos cristianos que tras torturarlo le dieron muerte a la caída del sol. Su hija preocupada por la tardanza de su padre se fue en su busca, encontrándolo muerto a la vera del camino a los pies de Cabeçó.

Pero oh! insensata fortuna, los mismos que habían matado a su padre la descubrieron y cortándole el camino de regreso a su casa.

Entonces le preguntaron sobre el paradero del tesoro, diciéndole que si no lo revelaba correría la misma suerte que su progenitor. Así que no tuvo más remedio que huir hacia Cabeçó adentrándose en su gruta con la intención de salir por El Campello.

Cuando sus perseguidores estaban a punto de atraparla desde la profundidad de la caverna maldigo a todos aquellos que buscaran su tesoro porque lo único que encontrarían sería su muerte. Estas palabras retumbaron en la gruta asustando a los codiciosos cristianos que regresaron a sus casas sin conseguir el tesoro.

Gracias a Francisco de Paula Mellado hemos descubierto una de las primeras descripciones de las cuevas de Canelobre y una nueva versión de la leyenda del Cabeçó d’Or.