[ Historias y leyendas ]

Leyendas del Cabeço d'Or. Tío Roc

por Bernardo Garrigós Sirvent

Cuentan los ancianos que hace muchos años, vivía en el corazón de la Huerta alicantina un campesino llamado el “tío Roc”. Tenía cuarenta años y poseía una pequeña finca con almendros y viñedos.

El “tío Roc” tenía como ambición comprar más tierras para tener una vida mejor, pero como no tenía suficiente dinero, pidió un préstamo a uno de esos usureros de la época, que trabajaba para un marqués de Alicante.
Las condiciones que imponía aquel usurero eran tan duras que el “tío Roc” tuvo que hipotecar su propia finca.

-Quien no arriesga, no gana –le decía el prestamista.
El campesino aceptó las duras cláusulas de la hipoteca y regresó a su huerto.
Aquel invierno, no llovió nada, por lo que los viñedos se secaron. Para colmo, una terrible helada en febrero hizo perder la floración de sus almendros.
Luego llegó marzo, abril, mayo y junio, con el cielo cruel e impasible, que siempre amanecía azul y brillante.
Después de un verano abrasador, no hubo rogativas posibles: el huerto estaba destruido.
Aquel año, el hambre visitó las casas de muchos campesinos. Cuando llegó el usurero a recoger su dinero, el “tío Roc” no le pudo pagar. El marqués le quitó sus tierras y lo dejó en la calle.
Pero el campesino sacó fuerzas de donde no las tenía. Decidió irse a Barcelona a probar suerte. Con los cuatro reales que le quedaban, compró un pasaje en barco y se fue.
-Volveré rico
Aquel día, durante la puesta de sol, un barco cargado de comerciantes partió del puerto de Alicante. En él iba nuestro campesino.

-¿Ha visto que bonita es la Sierra del Hombre? –le dijo un marinero.
-¡Querrá decir el Cabeçó! –replicó el “tio Roc”
-Nosotros lo llamamos Sierra del Hombre porque parece un hombre acostado; aunque también lo llamamos D´Or porque dentro tiene el tesoro escondido de los moriscos.

-Yo no me creo esas leyendas.
-Pues le puedo asegurar que es cierta. En el Cabeçó hay una cueva llamada “Canelobre”, y dentro de ella un tesoro morisco que nadie se ha atrevido a buscar.
Aquellas palabras despertaron la curiosidad del campesino, que le pidió que le contara la historia

“Allí, al pie de la montaña, hay un pueblo llamado Busot, que siglos atrás estaba habitado por moros y cristianos. Todos vivían en paz, aunque los cristianos mandaban y los moros obedecían. Entre los segundos, había un hombre rico muy importante, llamado Alí, que tenía una bella hija llamada Gessamina.
Un día llegaron noticias que los cristianos se habían sublevado en armas y que los moriscos corrían un serio peligro. Lo más sensato era abandonar aquellas tierras.
-Hija mía, esta tarde subiré a las Cuevas de Canelobre y esconderé un cofre lleno de oro y joyas. Si algún día me pasa algo, podrás cogerlo y vivir bien -le dijo Alí a su hija. Lo enterraré a la entrada de la cueva, a los pies de una piedra que se ilumina con los últimos rayos de Sol.
Aquella tarde, tras esconder el tesoro, Alí fue asesinado por unos cristianos del pueblo a mitad de camino entre Busot y el Cabeço. La princesa Gessamina, al ver que su padre no regresaba, decidió subir a las Cuevas a buscarle. Al llegar a la última curva antes de la subida, descubrió el cuerpo de Alí tendido en el suelo, sin vida.

Mientras estaba sentada junto al cadáver de su padre, llorando, escuchó a sus espaldas unas terribles voces. Eran los asesinos de Alí, que iban también en busca de Gessamina. Rápidamente, entró en la caverna: ella conocía un pasadizo que desde la Cueva de Canelobre, bajo la montaña, salía al mar por la Cueva del Llop Marí en El Campello.
Por esta galería huyó la princesa, mientras los cristianos gritaban:
-Mora… Di dónde está el tesoro o te mataremos.
Gessamina, desde el interior del Cabeçó D´Or grito:
-Nunca. Y pobre de aquel que robe mi tesoro. Morirá como mi padre.
Estas palabras, pronunciadas con tanta amargura, hicieron que los asesinos huyeran por donde habían venido”.

El marinero concluyó el relato al mismo tiempo que el barco se alejaba de la costa. La imagen de la montaña desaparecía en lontananza, entre la penumbra de la noche.

El “tío Roc” fue a Barcelona. Pero las cosas no fueron tan fáciles como él pensaba. Allí, por las noches, el campesino recordaba la historia del tesoro del Cabeço. Pronto se convirtió en una obsesión para él.

Un día, el “tío Roc” pensó: “Roc, en Barcelona no saldrás de pobre”. Y decidió regresar a Alicante. Embarcó en el mismo mercante que había utilizado para su marcha. Cuando la embarcación estaba cerca de la costa alicantina, el campesino vio la figura de la montaña, majestuosa, rodeada de una fina capa de niebla blanquecina.

Con la intención de buscar el tesoro de Alí, el labrador compró en Busot un capazo de esparto y una pala, y se dirigió hacia las Cuevas de Canelobre.

No sabemos si encontró o no el tesoro. Pero la verdad es que un buen día el “tío Roc” apareció por Alicante con camisa nueva, traje y elegante sombrero. Había recuperado sus tierras y ahora dedicaba su tiempo libre a cazar con gente de la alta sociedad. Ya era el rico “tio” Roc”.

Pero un día, mientras cazaba patos con un amigo, entre altos cañizos, alguien disparó accidentalmente su rifle y mató al campesino. Su cuerpo cayó al suelo, inerte. La maldición de la princesa mora se había cumplido.




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